jueves, 27 de noviembre de 2014

El tipo triste del bar

Queridos lectores, después de un largo periodo de “purificación”, después de esta larga pausa en donde he podido poner en orden mi alma, después de haber arrojado a la basura todos los malos recuerdos, rencores y demás malas hierbas que me impedían ser la persona que me gusta ser, después de haber buscado de nuevo y haber encontrado lo que verdaderamente me hace feliz, después de estos “raros” dos años, me veo con fuerzas, con ganas y con algo de tiempo para volver a contar mis batallitas en este querido blog que algunos seguís con tanto cariño.

La verdad es que no sé por donde empezar, me pasa siempre, pero lo haré con una idea que me rondaba la cabeza esta mañana mientras me ocupaba de las labores del hogar. Y es que me ha dado por pensar en la cantidad de dinero que nos gastamos en la fase previa a la Navidad en pequeñas tradiciones, detallitos que van consumiendo como microscópicas bacterias nuestra merecidísima paga extraordinaria de Navidad. ¿No os ha pasado que en el tiempo que tardáis en decir “que bien me va a venir este año la paga extra” ya ha desaparecido de la cuenta?. A mí me ha pasado, es más, este año la tengo apalabrada desde principios de octubre.

Si os parece bien empezaremos haciendo la cuentas de la comidita de Navidad con los compañeros de trabajo, que dicho sea de paso no se parece ni por asomo a las que salen en las películas, en las que en la mayoría de las ocasiones invita el jefe y le sobra para comprarle una joyita a su secretaria. Pues bien, con eso de que estamos saliendo de la crisis, el solomillito ronda los 40 euritos, eso sin incluir las copas, en donde a mi, que soy un gran bebedor, se me pueden escapar del bolsillo perfectamente otros 20 euros. Lo malo es si decides ir con pareja, no porque se ligue mucho en estas comidas, sino porque tienes que multiplicar esa cantidad por dos, lo que nos sale unos 120 euros, y como además, tu pareja te pedirá que le acompañes a la suya, en un par de semanas nos habremos gastado alrededor de 240 euritos.

No se si es solo impresión mía pero los restaurantes que ofrecen comidas de empresa cada vez se lo curran menos. En las primeras comidas de este tipo a las que yo asistía, llegabas al sitio en cuestión y mientras esperabas te obsequiaban con una cervecita, o dos, ahora no, hoy en día si quieres una cervecita te la tienes que pagar, y te la cobran, pero bien cobrada, no tendrán suficiente con los 40 euros. Antes los entrantes consistían en jamón ibérico, queso manchego y croquetas caseras. Ahora se han puesto de moda unos entrantes que llaman “crujientes” y el nombre de lo que tengan dentro, que no es más que envolver con la masa de un rollito de primavera todo lo que pilles en la cocina. También les ha dado por meter en un vasito de chupito que si salmorejo, que si puré de verduras… “cocina de autor” la llaman, yo la verdad, con un buen vino, una pata de jamón ibérico y un queso manchego me apaño.

Hablemos ahora del solomillo, el plato estrella de estas comidas. A mí me gusta el solomillo poco hecho, y me da la sensación de que en este tipo de eventos lo hacen dos y hasta tres veces, encontrar jugo en esos solomillos es como buscar agua en el desierto. Sólo deciros que el último solomillo que me trajeron en ese estado me lo tuvieron que sacar de la garganta mediante la maniobra de Heimlich y cuando salió volando rompió el cristal de la ventana.

Sin lugar a dudas, lo que más ha variado en las comidas de empresa de un tiempo a esta parte son los postres, antes todo el mundo pillaba un postre; culán, tiramisú, tarta de chocolate… da igual, yo tenía mi postre y me lo comía yo solito, a veces podías hasta elegir entre dos opciones. Ahora no, porque curiosamente se ha puesto de moda el “surtido variado” que no es más que una mísera bandejita de pasteles que ponen en el centro de la mesa y que gane el mejor. En fin, que lo voy a pasar muy bien este año.

Previendo estos gastos y el de alguna cenita más, este año decidí no gastarme los 20 euros de la lotería, estaba completamente convencido, no me gasto un duro en lotería, hasta que de repente comienza a circular un anuncio de un tipo con cara de amargado que no ha comprado lotería y al que lo tiene que convencer su mujer para que baje al bar a dar la enhorabuena a todos los que se acaban de forrar. -Me cago en la puta -pensé yo, -con el anuncito, esto puede echar por tierra mis planes de no gastar nada en lotería, -en un principio me mantuve firme y dije, -no compro, no se hable más -y con esa idea me fui a la cama.

No hay que ser muy listo para imaginarse el sueño que tuve, si, lo habéis adivinado, la sala de profesores de mi instituto abarrotada de compañeros descorchando botellas de champán y cosas de esas que tienen burbujas y yo en casa con los ojos llorosos diciéndome lo que probablemente se estaba diciendo a sí mismo el personaje triste del anuncio –eres un rácano y un gilipollas. –Desperté sobresaltado y con la firme convicción de que tenía que comprar la lotería del instituto si o si.

El problema del anuncio de marras es que la cosa no queda ahí, el tipo baja al bar, convencido por su mujer que, dicho sea de paso, o sabe algo de la sorpresa que le van a dar o tiene muy mala leche, da la enhorabuena al camarero con una rabia contenida digna de un Óscar, se pide un café y cuando ve que no puede aguantar más y que le falta el canto de un duro para liarse a guantazos con todo el mundo pide la cuenta. En esto que el camarero le intenta cobrar 21 euritos, -que hijo puta, ¿21 euros por un café?  ¿Cómo todo el barrio se ha forrado has decidido montar un Starbucks? –le dice al camarero que está saboreando el momento para darle la sorpresa. El camarero, al ver la cara del tipo después de la bromita de los 21 euros, decide actuar rápido, no vaya a ser que se lleve una ostia y le da  el sobre con el boleto de lotería premiado. Sorprendentemente nuestro amigo sigue con cara de amargado pero si buscamos en su húmeda mirada podemos detectar un ápice de agradecimiento. Un anuncio muy bonito si señor, pero con muy mala leche, mu mala, mu mala.

He estado investigando y resulta que la culpa de que yo compre lotería esta Navidad es de un señor llamado Juan García Escudero, que según él, con su anuncio no ha querido hacer florecer el miedo a ser el único pringado del trabajo al que no le toque la lotería. Que si, que si, señor García Escudero que yo me lo creo, “la solidaridad”, dice este tipo que es el mensaje de su anuncio. Pero bueno, no voy atribuirle todo ese mérito a este señor, ya que ese miedo inunda las mentes de muchos españoles al acercarse estas fechas tan señaladas. Lo peor de este anuncio es que ha generado en mí otros sentimientos, y es que ¿qué haría yo si en vez de ser el triste pringado fuera el camarero? Porque a ver, me puede tocar la lotería y estar muy contento pero si en mitad del descorche de la botella un compañero de trabajo, instigado por su mujer, por supuesto, se acerca a mi y me da la enhorabuena con esa carita que parece que me dice –pídeme 20 euros compañero, pídemelos por favor. -Qué gran dilema, dilema que no voy a permitir que altere mis chacras, así que esta semana he tomado una decisión, voy a convencer a todos mis compañeros y amigos para que compren la lotería y que ninguno se quede sin su decimito.

Enhorabuena señores de la lotería, esta vez lo habéis conseguido, yo que este año no pensaba comprar nada y después de ver el anuncio no sólo lo compro, sino que me veo obligando a todo el mundo a comprarlo.

En fin, queridos lectores, no os robo mas tiempo, pasad una buena semana y no os olvidéis de comprar lotería. Y si me toca y a vosotros no, no vengáis a felicitarme que ya os lo he advertido.


He dicho.

1 comentario:

  1. Borja, guárdame uno y cuándo se celebre el sorteo si toca, voy a pagarte los 20 euros. Un abrazote campeón. Jejeje.

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